Era Medianoche en Bhopal, de Dominique Lapierre

Eran las 12:05 de la noche de diciembre de 1984, una nube de gas tóxico se escapa de una fábrica norteamericana situada en Bhopal, India. Treinta mil personas murieron y 500.000 quedaron heridas. Aún hoy nacen niños con malformaciones y enfermedades. Dominique Lapierre nos cuenta la historia desde su comienzo: la decisión de la multinacional de instalarse en la India y el descubrimiento de un pesticida maravilloso (que necesita un gas mortal para ser fabricado). La factoría era tan inofensiva “como una fábrica de chocolatinas“. Hace unos años me leí este libro, cuyas páginas impactan y reconstruyen paso a paso la tragedia caída en el olvido.

En las páginas de Era Medianoche en Bhopal parecen historias tan reales como la de aquel estudiante de medicina que hizo el boca a boca a un niño para extraerle el gas mortal de los pulmones y así salvarle la vida, y luego falleció por haberlo inhalado él mismo. Un poeta que presiente el Apocalipsis, fiestas del barrio de chabolas, ingenieros norteamericanos hechizados por un mundo diferente… Un auténtico crisol de cultura y personajes marcado por la desgracia, pero en la que también los milagros tienen su sitio.

Lo que más llama la atención es que, aún hoy, la multinacional estadounidense no haya sido juzgada por los hechos. Esto es lo que el libro pretende denunciar. El asunto se saldó con el pago de unas indemnizaciones ridículas, y nunca llegó a los tribunales por un acuerdo entre la empresa y el Estado indio, propietario de un 49 por ciento de la factoría. Esto es escandaloso, según el autor, si se tiene en cuenta que la causa de la desgracia fue un error en los sistemas de seguridad, que habían sufrido un corte presupuestario debido a una recesión es las ventas.

Dominique Lapierre admite no saber dónde estaba Bhopal hasta que le pidieron ayuda para construir un hospital para mujeres sin recursos con cáncer de útero, una de las enfermedades más expandidas por la catástrofe. Desde ese momento, surgió en su ser un notable interés por la cuidad, lo que le llevó a financiar el hospital y a escribir este libro, para el que contó con la colaboración con su sobrino, Javier Moro, el también escritor que ganara el Premio Planeta en 2011.

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